Gene Tierney: si me quedara un solo día de vida



SI ME QUEDARA UN SOLO DÍA DE VIDA, sería inteligente por mi parte comprender la religión mejor de lo que lo he hecho hasta ahora. Procuraría encontrar a una persona buena y sabia que me diera respuesta a los porqués.

Después de eso, pasaría mi último día, cada minuto de él, saboreando, tocando, oliendo, mirando y abrazando todas las cosas del mundo. Porque son las cosas que amo.

Esto me convierte en una completa materialista, lo sé. Bueno, así soy. Amo, amo apasionadamente las COSAS. Sillas y alfombras y baratijas y utensilios de cocina y camisones de gasa negra y ropa de cama y zapatos y mantas.

Recorrería una y otra vez nuestra casa, la de Oleg y mía, sintiendo el tacto de la madera vieja del zapatero, la plata antigua, el lomo de los libros que hemos comprado juntos, grabando en mi memoria estas cosas que amo.

Y como también amo los olores —el café percolando, el tocino friéndose, el pan horneándose, la ropa de cama recién salida de la lavandería, la nuca de los bebés, los perfumes caros, los árboles de Navidad y las fogatas de leña— iría olfateando como un cachorro.

Me aseguraría de tomar un baño caliente con montones de sales de geranio rosa. Soy como un gato. Adoro las pieles y los terciopelos, y estar calentita.

Intentaría hacer realidad mi vida tal como la he vivido, saborear las cosas con las que la he amueblado, cada minuto, cada minuto de ella.

Ocuparía una o dos horas para buscar antigüedades. Es una de mis manías. Algunas de mis horas más felices las he pasado cubierta de telarañas, explorando áticos viejos y tiendas polvorientas. Esperaría encontrar algo encantador que poder dejar para el recuerdo.

Gastaría todo mi dinero, cada centavo, en ayudar a alguna pareja joven en apuros, esperando que les sirviera para comprar algo de la felicidad que Oleg y yo hemos tenido.

Pasaría las primeras horas de la mañana cavando en mi jardín con las manos, acalorándome y sudando, y luego duchándome con agua helada.

Querría tener muchos niños a mi alrededor, adorables y gorditos. Me aseguraría de inspeccionar al perro en busca de garrapatas, y luego retozaría con él.

Comería todo lo que me gusta: ostras, borsch de remolacha con crema agria, helado con castañas encima, hígado de pollo y costillitas de cerdo. Me lo comería todo, sin preocuparme por mi cintura ni por el dolor de barriga.

Supongo que escogería el lugar más hermoso que haya visto y allí, con Oleg (porque, por supuesto, pasaría el día con él, cada segundo fragmentado de él), haría un pícnic con esos manjares.
Tal vez contrataría una orquesta que tocara música maravillosa para nosotros. El Ave María de Schubert, y quizás algunas canciones. There Are Such Things, por ejemplo, que es una de mis favoritas, y sería al mismo tiempo conmovedora y apropiada.

No estaría triste ni asustada. Al contrario, estaría más intensamente viva de lo que jamás he estado, y más consciente. Lo cual sería terriblemente emocionante.

Me gustaría leerle en voz alta a mi esposo los poemas que amo —Sonnets from the Portuguese, Crossing the Bar de Tennyson— y por una vez no podría negarse a escuchar. También algunas de las cartas de Napoleón a Josefina. ¡Ah!, y Forever de Mildred Cram, que leí por primera vez en Cosmopolitan. Luego, como los personajes de ese pequeño libro sacado de otro mundo, haría un pacto con Oleg: ambos nos reuniríamos de nuevo allá donde nos separamos.

Me repetiría a mí misma, sin descanso, algunas de las cosas que él me ha dicho, con la esperanza de que su eco me siguiera.

Naturalmente, me vestiría para la ocasión. Me pondría el vestido más maravilloso que tengo. Como estoy segura de que intentaría lucir etérea, el vestido probablemente sería blanco. Y tendría flores blancas en mi pelo. ¿Dramático? Por supuesto que sí. Cada instante lo pasaría intentando crear una ilusión encantadora en la memoria de mi esposo.

Se dice «te amo» muchas veces. Se ha dicho demasiado a menudo, y nunca es suficiente. Dedicaría algo de mi precioso tiempo, las últimas horas de él, tratando de condensar todo el amor humano en una nueva expresión. 


Traducción del artículo «If I Could Have One Perfect Day —This Is How I Would Spend It», publicado originalmente por Gene Tierney en la revista Cosmopolitan en abril de 1943.

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