Gene Tierney: Autorretrato. Capítulo 1

Mirando hacia abajo
Es terrible no sentir miedo, ni alarma, cuando te encuentras de pie en el alféizar de una ventana a catorce pisos de altura. Me sentía cansada, desorientada y entumecida, pero sin miedo.
No estaba del todo segura de querer quitarme la vida. Me alejé unos pasos de la ventana abierta y me estabilicé para reflexionar. En primer lugar, el hecho de que ya no pudiera tomar decisiones era la razón por la que me había dirigido a la cornisa. Qué ponerme, cuándo levantarme de la cama, qué lata de sopa comprar, cómo seguir viviendo… La tarea más automática me confundía y deprimía.
Sentía cualquier cosa menos miedo. El miedo lo siento ahora, veinte años después, al saber que en cualquier momento podría haber perdido el equilibrio. En ese instante yo no habría tomado la decisión. Aquel día, lo mismo daba si saltaba o me caía, de cualquier forma habría estado bien. Llega un punto en que el cerebro está tan embotado, tu ánimo tan exhausto, que ya no quieres más de lo que la vida te ofrece. Pensé que estaba en ese punto.
Para entonces había estado ingresada en dos hospitales psiquiátricos en tres años, y presentía que iba a regresar. No entendía qué me había pasado, ni por qué un futuro que parecía tan perfectamente encaminado se había torcido. Mi carrera como actriz estaba en el limbo y probablemente acabada. Me había visto obligada a renunciar a una hija, nacida retrasada, y últimamente había desatendido a otra. Atrás quedaba un matrimonio fallido. Me había enamorado dos veces de hombres equivocados. No podía trabajar ni hacer nada. Algunos días apenas podía despertarme. Este día había sido uno de ellos. Intentar poner orden en mi vida era inútil.
Media hora antes del mediodía, la calle se hallaba casi vacía. Un taxi se detuvo y subió un pasajero. Un portero aburrido sujetaba una correa y miraba hacia otro lado mientras el perro de alguien manchaba el bordillo. Una pareja pasó por debajo de mí caminando por la acera. Nadie levantó la vista. No se congregó ninguna multitud. No tenía público y eso estaba bien.
Pasaron los minutos. El día era claro y agradable, como se supone que son los días de primavera en Nueva York. El sol, atrapado en el hueco entre los altos edificios, era brillante pero no cálido, casi fluorescente. Llevaba puesta una bata y pantuflas. El viento me tiraba del dobladillo.
Yo vivía con mi hija, Tina, en el apartamento de mi madre en la calle 57 Este. Nuestras ventanas daban a Sutton Place, un barrio tranquilo y elegante. Para evitar mirar hacia abajo, fijaba la vista en el edificio de enfrente. Marilyn Monroe vivía allí con su marido, el dramaturgo Arthur Miller. Sutton Place era tan exclusivo que durante mucho tiempo algunos de los caseros no alquilaban a actores. No había visto a Marilyn. Durante semanas apenas salí del apartamento de mi madre.
Aquella mañana, cuando mi madre intentó despertarme, le supliqué que me dejara dormir. Estaba en una de mis rachas en las que podía dormir literalmente las veinticuatro horas del día y despertarme aturdida, agotada y sin fuerzas. No estaba medicada, pero me sentía y actuaba como si me hubieran drogado. Mi mente era como la batería descargada de un coche.
Mamá me pidió que fuera por ella al supermercado, a la vuelta de la esquina. Le dije que no podía.
—Quieres decir que no vas a hacerlo.
—Por favor, mamá. Quiero decir que no puedo.
—Bueno, deberías levantarte. Al menos podrás estar vestida cuando Tina llegue del colegio.
Me di la vuelta y cerré los ojos.
«De acuerdo, haré la compra yo misma», dijo. Esperó mi reacción. No hubo ninguna.
Al llegar a la puerta vaciló, y cuando habló, su voz sonaba tensa y cansada: «¿Qué te pasa, Gene? ¿Estás enferma o es que solo eres una vaga? No estás siendo una buena madre».
Sus palabras atravesaron la niebla que parecía envolverme. Cuando se marchó, aquellas preguntas resonaron en mis oídos. ¿Estaba enferma? ¿Era una mala madre? Sí, sí, debe ser eso. Empecé a dar vueltas en la cama. Mi mente se agitaba, consumida por la idea de que no servía para nada. ¿Qué posibilidades tendría Tina con una madre que entraba y salía de hospitales psiquiátricos?
Lentamente, me levanté de la cama, caminé hasta el salón y abrí la ventana. Lo siguiente que supe fue que me encontraba en la cornisa. Apenas tenía medio metro de ancho. Mantenía los brazos y la espalda pegados al edificio y los dedos clavados en la superficie rugosa. Pero me sentía casi serena, más tranquila de lo que había estado en meses. Mi mente estaba distante, tan dura y opaca como el ladrillo ámbar que tenía detrás. Era como si esperase qué hacer a continuación.
Entonces, allí de pie, recordé lo que me había dicho una vez una amiga, la actriz Constance Collier. A veces, decía, cuando te subes a un avión y miras hacia abajo, tus problemas parecen insignificantes comparados con la inmensidad del mundo. Miré hacia abajo durante un instante. Me asaltó un pensamiento: «No quiero acabar en la acera como un plato de huevos revueltos, con la cara y el cuerpo destrozados». Si iba a morir, que fuera de una pieza, una persona entera, y estar guapa en mi ataúd.
La vanidad me salvó. Llevaba veinte minutos en la cornisa. Nadie parecía haberme visto. Atravesé la ventana y volví a la seguridad del salón. Encendí un cigarrillo y noté que las manos solo me temblaban ligeramente. Me había arriesgado y me había salido con la mía. Me sentía renovada.
Entonces oí el ulular de una sirena en la manzana de al lado, cada vez más fuerte hasta que pareció apagarse justo delante de nuestro edificio. Más tarde supe que una vecina me había visto desde su ventana y había llamado a la policía.
***
Cuando mi madre volvió del supermercado, el coche de policía seguía aparcado en la acera. El portero se reunió con ella y le dijo nervioso: «No se asuste, Sra. Tierney. Todo va bien. Pero hay policías en su apartamento. Ha habido un problema con su hija».
Se quedó pálida. «¿Un problema? ¿Qué clase de problema?», repitió.
El portero no sabía cómo decírselo con tacto. «Bueno, la policía… Ella… eh, dicen que alguien informó de que una mujer intentó saltar por su ventana», dijo tartamudeando.
Cuando mi madre abrió de golpe la puerta del apartamento, yo estaba tranquilamente sentada en el sofá, con un policía a cada lado, charlando. «No te alteres, madre. Estoy perfectamente», le exclamé.
Pensé que había estado convenciendo a los agentes de que su informe era absurdo. «¿De dónde podría alguien sacar semejante idea? Solo estaba limpiando los cristales», dije mientras me reía.
Las personas enfermas suelen volverse astutas cuando se sienten acorraladas. Los policías se asombraron y, en cierto modo, se alegraron al descubrir que su caso de intento de suicidio era el de Gene Tierney, la actriz. Les serví café, respondí a sus preguntas, les dije que había estado ocupada con asuntos familiares pero que probablemente haría otra película pronto. Podría haberles convencido de que todo era un error si mi madre no hubiera entrado cuando lo hizo.
Ella exclamó: «Oh, Gene, ¿cómo has podido?». Empezó a llorar. Me acerqué a ella rápidamente y la rodeé con mi brazo.
«No iba a hacerlo, mamá. Solo comprobaba la altura», dije en voz baja.
Ahora me doy cuenta de que no tenía mucho sentido para la policía. Al poco tiempo se marcharon. Nunca supe si presentaron un informe del incidente, pero jamás apareció nada en la prensa.
***
Mamá se acercó al teléfono y llamó a nuestro médico. Yo me volví a la cama. Me había recuperado de la euforia de mi aventura en el alféizar y mi actuación para los agentes de policía. Llegó el médico y me puso una inyección. No me resistí. Cuando me desperté al día siguiente, iba camino de otro hospital psiquiátrico, el tercero. Esta vez —a principios de la primavera de 1958— me habían aceptado en la clínica Menninger de Topeka, Kansas.
Durante meses había vivido con el temor de volver a un sanatorio. Me habían encerrado en habitaciones no más grandes que una celda, con barrotes en la ventana. Intenté escapar y me persiguieron y se abalanzaron sobre mí como si fuera un perro. Me habían sometido a tratamientos de electrochoque que me paralizaban el cerebro, me robaban fragmentos de tiempo de la memoria y me hacían sentir maltratada.
Pero me resigné a volver. O me entregaba a los médicos, pensaba, o averiguaba por fin la naturaleza de mi problema, qué lo había causado, cómo podía controlarlo. Seguía sin tener respuestas para los amigos que de forma bienintencionada no dejaban de preguntar a mi madre: «¿Qué le pasa a Gene? ¿Qué tiene?».
Me dio una gran satisfacción una vez, solo una vez, contestar a una señora en una fiesta que me hizo esa pregunta y decirle directamente: «¿No te has enterado, querida? Estoy loca».
***
No me importaba lo que pensaran los demás, aunque comprendía su curiosidad. Entonces no conocíamos la relación entre ciertos tipos de enfermedades mentales y un desequilibrio en la química corporal, un defecto, literalmente, en la sangre. Solo sabía que mis períodos de depresión sin rumbo eran cada vez más frecuentes, duraban más tiempo y ahondaban más en mi voluntad. Me preguntaba si mi mente se había inclinado por el conflicto entre mi yo privado y la vida pública que llevaba, todas las presiones de una carrera y las emociones… y cómo me crie.
Cuando enfermaba, mi mente volvía a menudo a los años de mi infancia, pues aquellos eran tiempos puros y sin complicaciones. Sin embargo, llegó un momento en que ni siquiera aquellos años fueron tan dichosos como yo quería recordarlos más tarde.
Había quien oía hablar de mi enfermedad, sacudía la cabeza y decía simplemente: «Era una estrella de Hollywood». A veces el tono sugería que esa condición explicaba mi problema. ¿No era neurótica la mayoría de la gente de Hollywood? Otras veces esta descripción era casi acusadora, como si cualquier actriz que perdiera la cabeza hubiera abusado de un privilegio.
***
Hasta que estuve demasiado enferma para seguir adelante, prosperé con mi trabajo. Hollywood puede ser duro con las mujeres, pero no fue la causa de mis problemas. Me perjudicaron más los sentimientos que oculté, los problemas que encerré dentro de mí. Incluso ahora tengo que convencerme a mí misma, pero cada vez lo hago mejor. No me gusta pensar que en 1958 tuve el sombrío impulso de intentar suicidarme, pero no hay forma más agradable de describirlo. Sobreviví. Algunos no lo hacen. Cuando Marilyn Monroe se quitó la vida unos años más tarde, la escena en el alféizar acudió a mi memoria. Recordé con escalofriante claridad aquella mañana, con el viento azotándome, mirando fijamente el edificio donde vivía Marilyn. Ahora Marilyn se había ido, y yo resistía.
Aunque entonces no me asusté, el incidente me dejó huella. Desde entonces padezco acrofobia, miedo a las alturas. Hoy no puedo mirar por la ventanilla de un avión o un edificio alto sin sentir vértigo o pánico. Pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que mi reacción ante una crisis solía llegar más tarde, días o meses después del suceso.
***
Para el vuelo a Kansas tuvieron que sedarme. Recuerdo poco del viaje, solo una impresión borrosa de mi hermano conduciéndome a la oficina de admisiones de Menninger. De hecho, hay que decir que no tengo ningún recuerdo de algunos de los sucesos descritos en este libro, más allá de un rostro medio visto, una voz medio oída. He tenido que recuperar los detalles de fuentes ajenas a mí, de mi familia y amigos, álbumes de recortes y cartas.
En 1956 me habían invitado a la toma de posesión del presidente Eisenhower. Ese fue casi el último recuerdo que tuve hasta que un día me desperté y me pregunté cómo era posible que estuviéramos en 1959. Los años parecían haberse reducido. No sabía quién dirigía el gobierno. No sabía que Rusia y Estados Unidos habían lanzado cohetes al espacio. No sabía quién era Elvis Presley, ni el título de los libros, canciones o películas recientes. No leí un periódico durante tres años.
Pero recuerdo con claridad que no fui a la clínica Menninger con la esperanza de que me dieran el alta rápidamente. Si quería recuperarme, tenía que entender cómo había llegado hasta allí. Sabía que no podría afrontar el futuro a menos que fuera capaz de redescubrir el pasado.
Traducción del primer capítulo de Gene Tierney: Self-Portrait (1979).
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Mil gracias por subir la traducción. Qué testimonio tan sobrecogedor. Hay que ser muy valiente para contarlo así.
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