Gene Tierney: Autorretrato. Capítulo 2


La prueba de cámara 

«Jovencita, deberías hacer películas».

Esa frase ni siquiera era nueva en 1938, pero la escuché. Me la dijo un director de Hollywood llamado Anatole Litvak. Mi hermano mayor, Howard Tierney Jr., conocido como Butch, casi arruinó el momento riéndose a carcajadas. Podría haberle dado una patada. Pero el Sr. Litvak no pareció darse cuenta de tan fijamente que miraba mi cara.

Lo que hacía la situación aún más inverosímil era que, en aquel momento, nos encontrábamos en los bastidores de un plató de cine. Mi hermano, mi madre, mi hermana pequeña, Pat, y yo estábamos haciendo una visita guiada a los estudios de la Warner Brothers.

Resultó que iba en serio. Al día siguiente me hicieron una prueba de cámara, me ofrecieron un contrato y derramé algunas lágrimas cuando mi padre se negó a que lo aceptara. Aún no había cumplido los dieciocho. Pero, lo supiera mi padre o no, mi carrera como actriz había comenzado.

Entre las historias de descubrimientos en Hollywood, puede que la mía no esté a la altura de la de Lana Turner sorbiendo un refresco en el mostrador de Schwab's. Pero que yo sepa, a ninguna otra actriz la descubrieron en pleno estudio, en medio de una gira turística.

***

No veníamos precisamente de la calle. Mi padre, Howard Tierney, Sr., era un corredor de seguros de Nueva York cuyos clientes hacían negocios con varios estudios, entre ellos la Warner. Habíamos llegado a Hollywood en mitad de un viaje de vacaciones por todo el país, provistos con el nombre de un contacto en cada estudio.

Todas las visitas eran iguales. En la puerta principal decíamos nuestro nombre y en unos instantes llegaba alguien de la oficina para enseñarnos el estudio. En MGM almorzamos en el economato, en una mesa situada frente a Spencer Tracy y Clark Gable. Yo coprotagonizaría películas con ambos en los años venideros.1 Aquel día no pudimos apartar la mirada de ellos. Mamá siempre insistió en que nos la devolvían, probablemente impresionados por nuestro saludable aspecto de familia estadounidense.

En los estudios de la Warner nuestro anfitrión era Gordon Hollingshead, considerado por mi madre como un «primo perdido hace tiempo». Yo no podía estar segura de cuánto tiempo llevaba perdido. Pero era un primo, y había ganado cinco premios de la Academia. Junto con Brian Foy, uno de los Foys del vodevil, Gordon dirigía el departamento de cortometrajes de la Warner. Nos llevó al set de La vida privada de Elizabeth y Essex, donde Anatole Litvak dirigía a Bette Davis y Errol Flynn.2

Los conocimos a ambos. La Srta. Davis me pareció radiante, aunque no tan guapa como Flynn. Para una adolescente —así como para muchos considerablemente mayores— era un caballero con armadura. Observamos embelesados su escena.

Pasaron algunos años antes de que me enterara —nunca de primera mano— de la reputación de casanova de Flynn. Según se decía, una vez él le confió a su coprotagonista: «Me encantaría hacerte una proposición, Bette, pero temo que te rías de mí».

Ella le respondió dulcemente: «Tienes mucha razón, Errol».

Litvak era fornido, de pelo blanco, distinguido. Era un inmigrante ruso, y formaba parte de la oleada de directores y actores europeos que huyeron a Estados Unidos en los años treinta para escapar de la creciente represión en sus países de origen.

***

Nuestras reacciones fueron diversas cuando Litvak comentó que debería dedicarme al cine. Mi hermano pensó que se trataba de una broma. Advertí que mi madre quería fomentar mi interés, pero temía lo que dijera mi padre. Me sentía halagada e intrigada. Hollywood era un mundo que estaba más allá de mi horizonte. En mi entorno terminabas la escuela, te casabas con un chico de Yale y vivías en Connecticut. Era un camino tranquilo y más seguro.

A mi alrededor vi a actrices jóvenes. Todas hermosas. Todas ambiciosas. Los estudios rebosaban de ellas. En ese momento vi Hollywood como una especie de concurso de belleza. Si participas en uno, aunque no creas en ello, quieres ser la más guapa. Y yo me preguntaba cómo participar.

De repente me sentí muy mayor. Llevaba un vestido rojo de seda estampada y un gran sombrero pajizo de Milán adornado con flores silvestres. Los velos, las plumas y las flores estaban de moda entonces. Algunos sombreros parecían el centro de mesa de una exposición de jardinería de la Junior League. Pensé que aparentaba tener más de diecisiete años.

El siguiente paso dependía del primo Gordon, que no se tomaba a la ligera las opiniones de Litvak. Nos llevó ante el director de casting y decidieron hacerme una prueba. ¡Una prueba de cámara! Eso era como magia en 1938. El cine estaba en su edad de oro. Nunca había pensado seriamente en actuar. Ahora sí.

Me acerqué a mamá rápidamente.

—¿Puedo hacerlo? —pregunté con ojos suplicantes.
—Tu padre no lo permitirá.
—Es solo una prueba. Sería divertido contárselo a mis amigos cuando volvamos a casa.

Se volvió hacia mi hermano, que tenía veinte años y estudiaba en Yale: «¿Tú qué piensas, Howard?».

Butch estaba aburrido. «Creo que es una pérdida de tiempo. Ella debería ir a la universidad», dijo.

No dije nada y dejé que mi madre se convenciera por sí misma. «No veo en qué puede perjudicarla», afirmó finalmente. La abracé.

Irving Wrapper, el entrenador de diálogos de Bette Davis, me preparó para la prueba y John Farrow me dirigió. Tenía que quedarme sola en el escenario, delante de la cámara, y leer unas líneas de A Telephone Call, el monólogo de Dorothy Parker. A esto lo llamaban un test de personalidad.

Habría sido difícil saber quién de las dos estaba más emocionada, si mi madre o yo. Y no estoy segura de quién de las dos se burlaba John Farrow cuando dijo: «Quizá deberíamos hacer la prueba a la madre».

Para cualquiera, Belle Lavinia Taylor Tierney era una mujer hermosa. Tenía un suave pelo castaño, ojos oscuros, un rostro esculpido y unos dientes blancos y perfectos, no torcidos como los míos. Me di cuenta de que Farrow estaba prendado de ella. Ya entonces era un director famoso, pero aún no era un padre famoso. Su hija Mia llegaría a tener su propia carrera como actriz y se casaría con dos músicos, Frank Sinatra y André Previn.

No sé qué ejecutivos de la Warner vieron mi prueba, ni qué vieron exactamente en mí. Solo me dijeron que era fotogénica. En vista de ello, me ofrecieron un contrato estándar por 150 dólares a la semana. Apoyada en el hombro de mi madre, llamamos a casa para darle la noticia a mi padre. No me dejó contemplar la posibilidad. Nos recordó que, a sus ojos, yo aún era una niña. Aún no había tenido mi fiesta de presentación en sociedad.

«Si quiere actuar, podemos hablar de ello al llegar a casa. Pero Hollywood no es el lugar para empezar», dijo. Papá consideraba Hollywood el equivalente moral del purgatorio. También era lo bastante astuto para saber que, por 150 dólares a la semana, lo más probable era que te dieran un papel donde una se viste de uniforme y entra en una habitación para anunciar la cena.

Desde Los Ángeles nos dirigimos al norte, hacia San Francisco, y continuamos el largo viaje de vuelta a casa. Las ruedas del coche no giraban más que mis pensamientos. Estaba decepcionada pero no devastada. Nos habían enseñado a no cuestionar el juicio de mi padre. No éramos una familia muy demostrativa. No me agradaban los abrazos, las caricias y los besos que eran costumbre en las fiestas de Hollywood.

Yo era más seria que muchas de las chicas de mi edad, más ansiosa por asumir responsabilidades de lo que quizá debería haber sido. Había regresado tras dos años de escuela en Suiza para encontrarme con cambios en casa que me desconcertaban y perturbaban. Mi padre estaba endeudado. El banco nos embargó nuestra casa durante mi ausencia y nos habíamos mudado a una más pequeña, un hecho que sus cartas nunca mencionaron. A regañadientes, mi padre tuvo que reducir sus gastos. Mis padres discutían más de lo que yo recordaba, por dinero y por todas esas pequeñas cosas que, en realidad, ocultan que se sigue discutiendo por dinero.

La prueba de cámara comenzó siendo una diversión. Pero ahora veía el cine como una forma de contribuir y devolver parte de lo que mi familia me había dado. Cuando pensaba en mi infancia, recordaba el amor y la alegría. Quería que volviera a ser así.

Me convertiría en actriz. Y empezaría practicando con mi padre. Pensé que podría convencerle de que me permitiera intentarlo. Lejos de enfadarme o disgustarme, me sentía segura y tranquila mientras la vista del campo pasaba a toda velocidad.

Ese fue el verano en que terminé mi último año en la escuela de la Srta. Porter, en Farmington, Connecticut. El viaje al oeste fue idea de mi padre. Yo había estado en Europa dos veces y él pensó que ya era hora de que la familia conociera los Estados Unidos. Él tuvo que quedarse para llevar su negocio. Era como un general que ensalza la gloria y la emoción del combate y luego dice a sus tropas: «Solo lamento no poder desembarcar con vosotros».

Hasta dos años después no me enteraría de que nuestras vacaciones tenían otro propósito. Él había querido pasar el verano con la mujer que lo alejaría de mi madre. Aquel fue el comienzo de una época amarga de mi vida. Había querido y admirado a mi padre. Nunca pude encajar sus acciones con los sermones que daba a sus hijos sobre honestidad, moralidad y hacer lo correcto. Esos eran mis valores. Creía en ellos, y en él.

Cuando regresamos de California a Connecticut habíamos recorrido casi 13000 kilómetros. Butch condujo la mayor parte del trayecto, mientras Pat, que entonces tenía once años, y yo dormíamos en el asiento trasero y mi madre iba delante diciéndole a Butch que redujera la velocidad. Llevábamos tanta ropa que tuvimos que enganchar un pequeño remolque a la parte trasera de la camioneta.

A medida que nos acercábamos a casa, mis emociones se disparaban. Creo que todo el mundo debería ver Hollywood al menos una vez con los ojos de una adolescente que acaba de pasar una prueba de cámara. Lo que a otros podría parecerles vulgar, yo lo veía novedoso y encantador. Allá donde hubiera tiendas baratas, vallas publicitarias y desorden, yo veía acción y vida.

La emoción dentro de mí era tan fuerte que parecía haber estado ahí siempre, como un latido. Sin embargo, no tenía ninguna experiencia como actriz, salvo en mi propia imaginación. En el colegio, incluso había elegido el coro en lugar del teatro.

Era una ávida cinéfila. Tenía una colección de fotografías y álbumes de recortes, y entretenía a la familia con mis imitaciones de Katharine Hepburn. En la escuela St. Margaret, en Waterbury, Connecticut, era la romántica de la clase. Como redactora de primer año del periódico escolar, demostré una capacidad infinita para escribir poesía. Más tarde, cada romance o enamoramiento que tuve me inspiró invariablemente un poema.

A los trece años, en otro de mis colegios —asistí a varios a medida que nuestras fortunas subían y bajaban—, un día me expulsaron de clase y me enviaron al despacho del director por imitar a un profesor de matemáticas que siempre golpeaba el radiador y las ventanas con un puntero mientras hablaba. Estaba divirtiendo a mis compañeras con mi imitación cuando entró el profesor. Elegí el peor momento.

El Sr. Churchill, el director, me miró fríamente y me habló con severidad.

—Gene, ¿deseas ser un payaso o una dama?
—Una dama, supongo, señor.
—Entonces, te sugiero que te dejes de tonterías y empieces a comportarte como tal.

Mientras cerraba la puerta de su despacho, un pensamiento me perseguía y atormentaba. Me preguntaba cómo sería ser un payaso. Entonces no conocía la palabra «comediante», pero tenía en mente algo superior a hacer payasadas en el circo entre los números con animales.

Por supuesto, las ideas de una jovencita están hechas de algodón de azúcar.

***

Al regresar de Hollywood, mi padre y yo hicimos un trato. Me olvidaría del cine por el momento y debutaría en sociedad, como estaba previsto. Al cabo de tres meses, si mis sentimientos no habían cambiado, me ayudaría a encontrar trabajo en los escenarios de Broadway.

Me sumergí en lo que se conocía como el torbellino social de las debutantes. Ver a sus hijas vestidas de gasa, bailando lentamente al son de una orquesta, con sus nombres impresos de vez en cuando en las páginas de sociedad, era una de las formas en que los padres justificaban sus esfuerzos y sacrificios. Al menos, en un determinado círculo, en una determinada época. La guerra, los disturbios y sombrías cuestiones morales nos han curado a algunos de esas florituras.

La familia Tierney había pasado por un ciclo de vacas flacas y años verdes, y vuelta a empezar, al igual que muchas familias arruinadas durante la Depresión. El negocio de mi padre aún no se había recuperado, pero él luchaba por proteger su posición social. Me presentaron en sociedad el 24 de septiembre de 1938, en el Fairfield Country Club. Para la fiesta, papá había contratado a la orquesta de Rudy Newman, que entonces tocaba en la Rainbow Room del Rockefeller Center de Nueva York.

Las fiestas prosiguieron. Sabía que debía haber algo más que bailes en clubes de campo y vestidos largos y citas con chicos cuya principal virtud era que les quedaba bien el frac. Una noche, cuando volvía a la mesa entre un baile y otro, mi padre sonrió y, recorriendo la habitación con un movimiento de la mano, dijo: «¿No te encanta?».

Puse cara de adolescente enfurruñada. «Estoy tan aburrida que creo que voy a morirme», le dije para su sorpresa. «Me interrumpen tan a menudo que no tengo ocasión de hablar con nadie. Me aburro como una ostra».

Esa misma noche, papá cedió. En lugar de ir a su oficina de seguros, aceptó dedicar todos los miércoles a ayudarme a buscar trabajo en el teatro. Creo que nunca me hizo un regalo más valioso. Insistió en que, si quería ser actriz, tenía que demostrar mi valía en el escenario antes de que él me permitiera salir de casa y probar suerte en Hollywood.

Ahora mis ojos y mi corazón estaban puestos en Broadway. Papá me advirtió que no me hiciera demasiadas ilusiones. Yo sabía que él esperaba que me desanimara pronto y renunciara a este capricho. Mi formación teatral, si se podía llamar así, había consistido en una clase una vez a la semana cuando tenía trece años. Estudié con una actriz retirada llamada Ann Hastings Richards. Las madres del pueblo consideraban el curso una especie de escuela de señoritas; se trataba de enseñarnos la forma correcta de entrar en un salón, lucir un porte elegante y una buena dicción. Leíamos en voz alta el guion de The School for Scandal, del dramaturgo inglés Sheridan. Como resultado, empecé a vocalizar, en lugar de mascullar mis palabras como hacen los niños. Pero la idea de que algún día me convirtiera en una profesional no se le había ocurrido a nadie, ni siquiera a mí.

Fuera lo que fuera, sabía que me habían ofrecido un contrato en Hollywood antes de cumplir los dieciocho años. Pronto aprendería que los productores de Broadway no se dejaban impresionar tan fácilmente, pero fue la chispa que necesitaba para no desistir de mi objetivo. Quería ser actriz. Nada más importaba.

Supongo que miles de chicas de mi generación hablaban así, y algunas de ellas lo decían en serio, pero la mayoría acabaron siendo camareras o regresaron a sus hogares para casarse con sus novios. Entonces no podía estar segura de lo que me impulsaba. El ego no. Me interesaba más el dinero que la fama. Supongo que seguí adelante por mi padre, y a pesar de él. Nos había animado a competir y a triunfar. Había preparado a su hijo para una carrera en los negocios casi desde el momento en que Butch fue lo suficientemente alto como para rastrillar hojas. Pero lo que deseaba para sus hijas era lo mismo que deseaba la mayoría de los padres de su época. Quería que nos casáramos. Si él se mostraba escéptico acerca de mi valía como actriz, yo no. Necesitaba que me aceptaran, no que me siguieran la corriente. Mi propósito era actuar.

***

Por medio de un amigo de la familia, dramaturgo, contactamos con una lista de agentes y productores. Cuando llegó el primer miércoles me levanté al amanecer para poder coger el tren de las ocho y cuarto a Nueva York. Me gustaría decir que afronté el día con ilusión, pero jamás en mi vida me he levantado de la cama dando brincos. Siempre he tenido el sueño inquieto, provocándome pesadillas. Soy gruñona e incivilizada hasta que me tomo mi primera taza de café o un vaso de zumo de naranja.

Aquella mañana me puse un abrigo de zorro gris que me había regalado mi padre, un sombrero rojo con un lazo morado y me pinté los labios de color rojo a juego. No iba a tener piedad de Broadway. Mi padre se rio a carcajadas cuando me vio.

El viaje en tren a la ciudad fue agradable, pero luego vino la parte que aprendí a temer: llamar a las puertas, pasar largos y vacíos minutos sentada en estériles salas de recepción. En todas partes me preguntaban en qué obras había actuado y dónde había estudiado. Las entrevistas solían ser cordiales pero breves.

Una de ellas fue con el eminente Arthur Hopkins, que años antes había producido una obra escrita por mi tía, Lelia Taylor, la hermana pequeña de mamá, cuando tenía veintidós años. Su obra, Voltaire, estaba protagonizada por Carlotta Monterey y Arnold Daley. Al bajar el telón la noche del estreno, el público gritó: «¡Autor, autor!», y tía Lelia se puso de pie haciendo una reverencia ante las candilejas, uno de los momentos más puros y emocionantes del teatro. Había estudiado con el profesor George Pierce Baker en Harvard, y fue compañera de Moss Hart y George Abbott en un notable grupo de escritores. Cuando se estrenó su obra, Baker envió a Arthur Hopkins un telegrama que decía: «Esta noche debuta mi alumna más brillante».

Hopkins recordaba bien a mi tía. Ella murió a los treinta y cinco años, trágicamente, a consecuencia de una operación menor mal realizada. Hopkins fue educado, pero me dijo que necesitaba experiencia antes de poder ofrecerme un trabajo en el escenario.

Pronto se hizo evidente que nadie quería a una actriz que aún no hubiera actuado. Herman Shumlin, que estaba preparando un drama tenso y mordaz de Lillian Hellman, The Little Foxes, era el siguiente en nuestra lista. Se le pusieron los ojos vidriosos cuando le dije que nunca había actuado pero que la Warner me había ofrecido un contrato para una película. Le dejé mi nombre y mi número. Un año después, tras recibir críticas favorables en dos papeles en Broadway, Shumlin me contrató para una obra que estaba produciendo. No recordaba en absoluto nuestro primer encuentro.

Por la noche, después de nuestro itinerario, regresábamos a casa siguiendo el mismo ritual. Mamá preguntaba cómo había ido el día. Papá guiñaba un ojo y decía con pesadez: «Bueno, no hemos tenido suerte. Debe de ser el negocio más lamentable del mundo».

Pero solo habían pasado tres semanas y yo no pensaba rendirme. Mi oportunidad llegó incluso antes de lo que tenía derecho a esperar. El miércoles siguiente, entramos en las oficinas de Louis Shurr, un agente de actores.

Mi padre era el mejor vendedor del mundo y tenía que venderme a mí. Pero cuando llamábamos a un productor, me dejaba sola para que hablara por mi cuenta. Esa era la parte creativa de nuestra misión. Sin embargo, con un agente, se quedaba a mi lado; para protegerme.

Charlamos un rato y papá le preguntó a Shurr: «¿Cree que puede conseguirle un trabajo a esta chica?».

Louie Shurr era un hombre fornido, calvo y poco atractivo, pero tenía un instinto para los actores, incluso para aquellos que no habían demostrado su valía.

—Sí, sí. La apuntaremos para una película.
—No está preparada para el cine. Quiero que aprenda a actuar —apuntó mi padre.
—Lo que necesito, Sr. Shurr, es un trabajo sobre el escenario —intervine.

Shurr me miró de arriba abajo. Luego dijo: «George Abbott está haciendo un casting para una obra sobre inmigrantes irlandeses. A veces da una oportunidad a desconocidos». Se acercó a su mesita, abrió un ejemplar de The Saturday Evening Post, me lo dio y me dijo: «Lee esto con acento irlandés».

Yo tenía buen oído y a menudo me paseaba por la casa imitando a cualquier actriz que hubiera visto en una película ese día. Pero incluso ahora no tengo la menor idea de dónde había oído, o adquirido, el grueso acento irlandés que me salía mientras leía el artículo de la revista. Mi padre se quedó boquiabierto cuando terminé, y el agente también.

Pero, después de todo, yo era una Tierney. Tenía algo de irlandesa en mí.

Rápidamente, Shurr dijo: «Querida, firma con nosotros para el cine, y creo que podremos conseguir que el Sr. Abbott te haga una audición para el papel de chica ingenua en su nueva obra».

Con tranquilidad y amablemente, le contesté: «Consígame la audición y firmaré. La audición es lo primero».

Había aprendido algunas cosas de mi padre sobre cómo cerrar un trato. Él había exigido obediencia a sus hijos; ahora yo estaba probando mi primer sorbo de un nuevo tónico: cómo pensar por mí misma. Puede que más adelante me esforzara demasiado y que mis esfuerzos me llevaran por caminos difíciles. Pero durante aquellas pocas y emocionantes semanas, fui la socia de mi padre.

Tras unas palabras más, todavía amistosas, Shurr nos acompañó hasta su puerta. Al salir, le guiñé un ojo a mi padre, sabiendo que nuestra próxima visita sería al despacho de George Abbott.


1 Actuó junto a Spencer Tracy en La aventura de Plymouth (Clarence Brown, 1952) y con Clark Gable en No me abandones (Delmer Daves, 1953). 
2 Todo indica que se trata de un error. En realidad, se refiere a la película Las hermanas, dirigida por Anatole Litvak y protagonizada también por Bette Davis y Errol Flynn, cuya producción dio comienzo en el verano de 1938. 


Traducción del segundo capítulo de Gene Tierney: Self-Portrait (1979).

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Comentarios

  1. Muchas gracias por tu trabajo, espero que lleguen más capítulos.

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    1. Hola, Roberto. Muchas gracias por leerlo y pasarte a comentar. Tengo intención de traducir los veinte capítulos que componen la autobiografía de Gene Tierney.

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