Gene Tierney: Autorretrato. Capítulo 3

Dama de Broadway
Era el invierno de 1938. En Broadway, Mary Martin emergía como estrella en el Shubert Theater cantando My Heart Belongs to Daddy. Robert Morley llenaba los teatros como Oscar Wilde y Tallulah Bankhead estrenaba The Little Foxes con gran éxito de crítica. Raymond Massey interpretó el papel principal en Abe Lincoln in Illinois, de Robert Sherwood. Y George Abbott obtuvo otro éxito, The Boys from Syracuse, con Eddie Albert.
La única obra que me interesaba solo existía sobre el papel. Se llamaba Mrs. O'Brien Entertains.
«Tengo entendido que están haciendo un casting para una obra irlandesa. Me gustaría hacer una prueba», me oí decirle al ayudante de George Abbott, un joven llamado Bob Faulk.
Como era habitual, tomó mi nombre y dirección y me dijo que me avisarían cuando tuviera que presentarme para una lectura. No tenía mucha fe en que me avisaran. Al cabo de una semana recibí un aviso por correo en el que me decían que volviera a Nueva York para las pruebas. Mis pies no volvieron a tocar el suelo hasta que entré en el teatro con mi padre y me di cuenta de que había sesenta chicas en el escenario, todas esperando su audición, todas con un aspecto muy profesional, muy seguras de sí mismas.
Hubo un momento en que quise huir. La confianza que había traído conmigo se esfumó. Sabía que no conseguiría el papel. Hay momentos en los que no hay placer más dulce que aquellos en los que te demuestras a ti misma que estás equivocada.
La lista de candidatas se redujo a seis. Yo era una de ellas. Una semana después volvimos para una lectura final. Al día siguiente me llamaron para presentarme en la oficina del Sr. Abbott. Había conseguido el papel.
Mucho después de mis primeros éxitos en Hollywood, alguien le preguntó a Abbott qué había visto en mí. «Leía muy bien. Algunas personas tienen un don para ello incluso sin formación, y pensé que era personalmente muy atractiva», dijo. ¿Y su padre? «No recuerdo al padre en absoluto». Comenzaba a ser independiente.
Había visto a George Abbott solo a través del resplandor de las candilejas, sentado en la primera fila del teatro mientras una chica y luego otra leían sus líneas. Escuchaba atentamente, a veces hablaba con la gente a su alrededor sin mover la cabeza.
No recuerdo todo lo que se habló en nuestra primera conversación, a excepción de las palabras más tranquilizadoras que un productor puede decirle a una actriz novel. Me dijo que me presentara puntualmente a los ensayos y que mi sueldo sería de sesenta dólares a la semana. Y que tendría un instructor que me ayudaría con mi acento irlandés.
Le dije que acababa de empezar a trabajar con un grupo de teatro en el Village. Se quedó mirándome perplejo y me dijo: «Bueno, no estudies demasiado. No quiero que pierdas la espontaneidad».
Mi madre me ayudó a instalarme en el American Women's Club de Nueva York, un lugar adecuado para una joven trabajadora. Mi padre aprobaba el hecho de que no se permitiera el acceso a los hombres. Yo iba a vivir de mi sueldo y luchar hasta el final. Viajaba en metro, comía en drugstores y autoservicios, y compraba mi ropa en una tienda de gangas de la calle 14 llamada Klein's. Nadie la habría confundido con Bloomingdale's.
Para mejorar mi presencia escénica, Abbott me dio un papel en What a Life, una comedia protagonizada por Ezra Stone. Me dediqué a llevar un cazo con agua. Al mismo tiempo, fui suplente en The Primrose Path. Cuando Abbott preguntó sobre mi progreso, Stone le informó: «Es muy guapa y bastante tímida y creo que el lenguaje [en Primrose] le impacta». Efectivamente, tenía mucho que aprender, sobre cómo actuar, sobre la realidad.
Cuando comenzaron los ensayos de Mrs. O'Brien Entertains, pronto descubrí que el autor tenía poca confianza en mi capacidad para interpretar el papel. En los primeros cinco días de ensayos —cuando, según Equity1, puedes ser sustituida sin previo aviso ni indemnización— estaba literalmente aterrorizada de que me echaran del reparto.
George Abbott era un hombre muy perspicaz. Al quinto día vino entre bastidores, me dio una palmada en el hombro y me dijo: «Puedes dejar de preocuparte, Gene. Hoy eres actriz». El plazo del despido había pasado. Ya era un miembro permanente del reparto.
La obra se estrenó en Baltimore. Mientras estábamos allí, Abbott me sorprendió ofreciéndome un aumento. «Cuando te contraté, lo hice como aficionada por sesenta dólares a la semana. Ahora te considero una profesional y te voy a pagar setenta y cinco», me dijo.
Así funcionaba el teatro, al menos en los años treinta. Salvo para las estrellas, los sueldos aumentaban en centavos. Sin embargo, pocos se quejaban. Esto era arte. Entregabas el alma, no como en Hollywood, donde las monedas brotaban como de una gran máquina tragaperras.
Me puse nerviosa, sin saber cómo reaccionar.
—No pasa nada, Sr. Abbott. Trabajaré por sesenta. No tiene que pagarme más.
—¿Te viene bien el dinero, Gene? —preguntó él.
—Oh, sí. Lo cierto es que sí.
—Entonces, te sugiero que lo aceptes.
Hice lo que me sugirió. Hice casi todo lo que George Abbott me sugirió. Cuando la obra llegó a Broadway, me di cuenta de que estaba enamorada de él. Había cumplido dieciocho años en noviembre. Él tenía cincuenta y tres, pero era brillante, alto, tenía una maravillosa forma de caminar, como una pantera.
Apenas llevaba seis meses fuera de la escuela y me impresionaban los hombres de intelecto. Fui a pedir consejo a un subdirector. «El Sr. Abbott me ha pedido que salga con él. ¿Cree que debería?», le dije.
Me miró como si le hubiera preguntado si debía presentarme a un cargo público. «Gene, eso depende de ti», me contestó encogiéndose de hombros.
Lo consideré una aprobación y dije: «Sí, creo que lo haré». Aún vivía en el American Women's Club. En nuestra primera cita George estaba más nervioso que yo. No sabía qué decir ni cómo comportarse. Así que me trajo una bolsa de papel llena de caramelos.
Una noche le confesé a mi madre que estaba tan encantada con él que temía meter la pata. Él siempre fue un caballero, pero yo conocía a varias chicas enamoradas del teatro de las que se aprovechaban. Mamá, que a veces hablaba con acertijos confucianos, sonrió y dijo: «Un romance que no florece es como una hoja que cae y se agita con el viento en otoño. Simplemente desaparece».
Creo que me estaba diciendo que no había peligro. Tenía razón. Ciertamente, la familia sentía que el interés de Abbott por mí era paternal. Él notó que yo estaba enamorada de él y trató de burlarse. «Gene, nunca podría casarme contigo. En unos años querrás bailar. Y yo no tendré ganas de bailar», me dijo una noche. Era, y seguiría siendo, uno de mis verdaderos amigos. Me encontré con él en un club nocturno de Palm Beach, Florida, cuando tenía ochenta años. Seguía jugando al tenis todos los días. Y yo seguía pensando que era un hombre atractivo.
Lamentablemente, Mrs. O'Brien Entertains no iba a entretener por mucho tiempo. Recibió malas críticas y el espectáculo cerró tras treinta y siete funciones.
Por suerte, la interpretación es un juego en equipo en el que puede participar cualquiera. Las críticas que recibí fueron brillantes y me consideré la chica más afortunada del mundo. Varios críticos dijeron que merecía la pena ir solo para ver a la joven ingenua Gene Tierney. En The New York Times, Brooks Atkinson, el más importante de los críticos, escribió: «Como doncella irlandesa recién llegada del viejo continente, Gene Tierney, en su primera actuación en un escenario, es muy bonita y refrescantemente modesta».
No soy de las que creen que el éxito temprano conlleve problemas posteriores. Ni siquiera unas pocas líneas amables en el periódico podían hacerme cambiar de opinión. Además, no todas las opiniones eran favorables. Recibí una carta de un espectador que decía que yo pertenecía al escenario tanto como un perrito caliente a una mesa de Acción de Gracias. Esa la conservé.
Aun así las críticas fueron lo bastante buenas como para atraer nuevas ofertas, incluida otra de Warner Brothers. Cuando su jefe de publicidad en Hollywood, Robert Taplinger, llegó al este, invitó a la familia Tierney a almorzar para discutir la firma de un contrato. Taplinger dijo más tarde que encontró la experiencia «desconcertante y físicamente agotadora».
Mis padres eran los que más hablaban y los que más pataleaban. Cada vez que uno de ellos pensaba que el otro estaba diciendo algo que no debía, alguien recibía una patada por debajo de la mesa. Una o dos fueron a parar a Taplinger.
Mi padre rechazó la oferta de Warner, que no era mucho más que su contrato estándar. Él había aceptado que la actuación sería mi carrera. La vida de una debutante neoyorquina no me atraía: los mismos lugares, las mismas caras, las mismas conversaciones sobre la gente de siempre. Las debutantes ya hacían su actuación en sociedad. Yo quería que me pagaran por la mía.
Papá pensó que llegaría una oferta mejor; tenía razón. Columbia nos envió por correo un contrato por 350 dólares a la semana durante los primeros seis meses, aumentando a 500 si lograban darme un papel. Yo no quería aceptarlo. Estaba dispuesta a empezar desde abajo y aprender mi oficio. Mi padre me dijo: «No, es una suma importante. No puedes permitirte rechazarlo».
Así se hizo. Firmé con la Columbia y en seis semanas, todavía bajo la tutela de mi madre, me fui a Hollywood. Como regalo de despedida, uno de los críticos neoyorquinos, George Jean Nathan, me envió un ejemplar de su último libro. En el interior llevaba inscrito: «Para Gene Tierney, con una plegaria y toda la fe de George Jean Nathan».
Agradecí tanto la plegaria como la fe, pero lo que realmente necesitaba era interpretar un papel. Tuve un verano encantador. Me compré un abrigo de castor. Fui a la playa con varios chicos de Yale, amigos de mi hermano, que vivían en California. También me realizaron una apendicectomía, que pagué yo, y ayudé a mis padres enviando un poco de dinero a casa. Hice de todo menos una película.
Dadas las circunstancias, el sueldo que recibía —por estar ociosa— era espléndido. Día tras día, esperaba que me llamaran para trabajar. Pasaba largas tardes en la reserva de talentos, donde me enseñaban a caminar, a hablar, a sentarme. Nadie sabía muy bien qué hacer conmigo. En las pruebas que hacía me sentía incómoda e insegura.
Alguien en Columbia me había catalogado como una nueva Penny Singleton. Era una actriz adorable que interpretaba a Blondie en las películas de Dagwood Bumstead. Yo no era Penny Singleton. Pero me hicieron una prueba para un papel cómico en una película con Joe E. Brown. Fracasé, a pesar de los esfuerzos de Joe E. Brown.
En una escena tenía que entrar en una habitación y romper a llorar. No pude hacerlo. Joe me llevó aparte entre tomas y trató de enseñarme cómo hacer un llanto cómico. Apretó su cara como si hubiera estado chupando limones; de repente, las lágrimas corrieron por sus mejillas. Había sido payaso de circo y su cara era un instrumento realmente extraordinario. Yo no pude derramar ni una lágrima. Las palabras pueden hacerme llorar, pero no la risa.
Finalmente, me escogieron para una película con Ralph Bellamy y Randolph Scott llamada Coast Guard. Hice pasar un infierno al resto de los actores. Olvidaba mis diálogos. Peor aún, parecía más la hija de los dos protagonistas que su interés romántico. Después del primer día de rodaje, Harry Cohn, el director del estudio, vio las tomas y me sustituyó en el acto.
Rápidamente se corrió la voz de que yo estaba fuera. Me sentí dolida y empecé a tener dudas.
Pero me querían, y la gente se desvivía por animarme. Se hablaba de un guion que podría ser perfecto para mí. Charles Vidor estaba trabajando en él, pero aún estaba en fase de desarrollo. Pasarían diez años antes de que National Velvet llegara finalmente a la pantalla, convirtiendo en estrella de forma instantánea a una actriz de trece años llamada Elizabeth Taylor.
Oí que mi nombre se barajaba en las reuniones, pero nadie me encontraba un hueco.
En un negocio que siempre clamaba por nuevos talentos, querían que te parecieras a otra persona. No trataban contigo hasta que decidieran de qué tipo eras.
«Es otra Deanna Durbin, salvo que no sabe cantar», dijo Cohn. Pensé que me estaba haciendo un cumplido. Deanna era hermosa. Lo que él quería decir era que tenía una mirada dulce, inocente, intacta. Se necesitaba más. Al menos, Durbin tenía voz.
Estaba aún más decidida a trabajar duro, estudiar y desarrollarme como actriz. Me sentía ociosa y frustrada. Hollywood estaba en auge y yo no formaba parte de ello.
Ese año, 1939, fue de los que no se repiten de nuevo. Fue un buen año, no para mí por desgracia, sino para la industria cinematográfica. Se estrenaron Lo que el viento se llevó, Ninotchka, La diligencia, El mago de Oz y Adiós, Mr. Chips.
En todos los estudios se buscaba el glamur. Siempre se buscaba algo: inocencia, sexo, cabello. A veces talento. Había asistido a internados, viajado al extranjero, debutado. Según la definición de Hollywood, yo pertenecía a la alta sociedad. Me di cuenta de que no estaba preparada para el cine, ni para los hombres exigentes y a menudo erráticos que lo hacían. Mi origen, creo, me había hecho más interesante para ellos de lo que realmente era.
En Nueva York me habían dicho que el casting couch2 era la filosofía de vida en Hollywood, pero para mí no suponía ningún peligro. Por un lado, mi madre me vigilaba constantemente, como un agente del Servicio Secreto. Por otro lado, me habían educado en la creencia de que una solo se iba a la cama con el hombre con el que te casabas. En mis tiempos, las chicas se casaban más jóvenes.
Una vez oí decir a Bette Davis, y estoy de acuerdo, que el casting couch solo existía hasta cierto punto. Tentaba a la gente marginal, a las mujeres —y hombres— que carecían de talento o confianza. En el mejor de los casos, podían conseguir un pequeño papel. No eran lo bastante listos para saber que eso no duraría. Después, cuando se cruzaban con ellos, los jefes no los querían cerca.
Cuando la Srta. Davis actuaba en una de sus primeras películas, se abrió una puerta secreta en la pared de su camerino y entró un pez gordo del estudio. Ella estaba sentada en su tocador, cepillándose el pelo. Levantó la vista y saludó. Y siguió cepillándose el pelo. Él se quedó allí, esperando. Al cabo de un rato, dijo: «Encantado de haberla visto, señorita Davis», y salió por la misma puerta. Ella no sabía por qué él estaba allí, y él fue lo bastante listo como para hacer una salida discreta. Ella no reconoció que se trataba de una proposición. La inocencia puede ser una defensa muy eficaz.
Más comunes eran las historias sobre jefes de estudio que promovían las carreras de sus novias. Eso era diferente. Había relaciones de por medio, y a menudo estas uniones no resultaban baratas ni poco sinceras.
En 1939, yo no sabía mucho de esas cosas, y me centré sobre todo en lo que ocurría en la reserva de talentos. En Columbia estaban preparando a una estrella llamada Rita Hayworth. Sus fotografías colgaban en todos los pasillos del estudio. Su cara, mirándote de frente, con un hombro girado, aparecía en casi todas las portadas de las revistas. Solía encontrármela en el departamento de maquillaje. Envidiaba a Rita. Envidiaba a Rita por su sofisticación, aunque no tenía más de uno o dos años más que yo. Ese aspecto marcaba la diferencia en cómo te percibían en el estudio: como alguien que no ha alcanzado su adultez o como una chica glamurosa. Hasta años después, nadie se refería a una actriz en público como una «bomba sexual».
Recuerdo lo ofendida que se sintió mi madre cuando un director de la Warner le dijo: «Su hija es una auténtica monada». Lo dijo con buena intención, pero ella espetó: «Si solo es eso, nunca será actriz».
Yo estaba segura de que sí. En cualquier caso, tenía la intención de seguir siendo Gene Tierney. Entonces, mucho más que ahora, a los estudios les encantaba juguetear con los nombres. Gene era nombre de chico (de hecho, era el de mi difunto tío). George Abbott me había advertido que rechazara tales libertades. «Helen Hayes no es un nombre muy elegante, pero veo que a la gente no le cuesta recordarlo», me dijo.
A Rita Hayworth le habían cambiado su nombre, Margarita Carmen Cansino. Hayworth era el apellido de soltera de su madre irlandesa. Nunca había superado el primer curso de la escuela secundaria, pero nadie se había entrenado tanto para el estrellato. Rita tomó clases de canto y teatro, se tiñó el pelo y se quitó algunos kilos de encima. Había aparecido en catorce películas de serie B en Columbia cuando dio el paso. Se gastó quinientos dólares en un vestido de noche y, con su marido, reservó una mesa en un club nocturno a la vista de Harry Cohn, y luego dejó que la naturaleza siguiera su curso.
Nuestras carreras abarcaron la misma época. Tuve un romance complicado con el que había sido su marido, el príncipe Aly Khan. Cuando a mediados de 1977 me enteré de los problemas financieros y emocionales de Rita, sentí algo más que una punzada de compasión por ella. Comprendí en parte por lo que ella había pasado.
No es algo nuevo en Hollywood, por supuesto. La riqueza, la belleza y la fama son pasajeras. Cuando desaparecen, solo queda la necesidad de seguir siendo útil, aunque los papeles sean cada vez más escasos.
***
Me gustaría creer que no soy esa clase de mujer que, refiriéndose constantemente a la maldición de la belleza, excusa sus errores al tiempo que nos recuerda lo que ella solía ser. No recuerdo haber pasado largas horas frente al espejo adorando mi reflejo. Solo una vez en mi vida me sentí abierta, sincera y alegremente agradecida a Dios por mi aspecto, y fue durante un periodo en el que intentaba recuperar esa mitad de mi mente que se me escapaba una y otra vez. Un día, atada con correas, sin poder mover los brazos ni las piernas, esperaba que un joven médico se apiadara de una mujer bonita e indefensa y me liberara.
Salvo por ese lúgubre recuerdo, siempre he necesitado creer que mi carrera sobrevivía por algo más que mi aspecto. No encuentro ningún significado más profundo que sondear, ningún punto que destacar sobre la belleza y la locura. Un amigo preguntó una vez a un médico si creía que mi vida habría sido más fácil, si no habría necesitado confinamiento, si hubiera sido menos guapa. «No», respondió tajante. «Allí también hay gente fea».
Simplemente no quería que mi talento fuera mi cara. De jovencita, me daba vergüenza que la gente se volviera y me mirara. Agachaba la cabeza y evitaba sus miradas.
En Columbia aprendí rápidamente que el único ojo que importaba era el de la cámara. Entonces tenía un aspecto más angelical, con mejillas hinchadas como las de un bebé. Un cámara me advirtió que tenía que adelgazar para resultar fotogénica. Una cierta delgadez aportaría contornos atractivos a mi rostro, me dijo.
Envié un dólar por correo a Harper's Bazaar por una conocida dieta que la revista publicó. Se suponía que se podía perder medio kilo al día sin sacrificar la nutrición. Seguí la dieta religiosamente durante los veinte años siguientes, suprimiendo los almidones y alimentándome a base de ensaladas, carnes magras y pequeñas raciones. Mantuve mi peso en 53 kilos, más o menos el adecuado para mi estatura de 1,70 metros, y estilicé mi figura y puse a prueba mi disciplina.
Me encantaba comer. A pesar de las considerables recompensas que da Hollywood, pasé hambre durante la mayor parte de esos veinte años. No puedo decir que la gente se vuelva contra sí misma cuando enferma, ni siquiera si existe alguna relación. Pero en los últimos años, durante lo que podrían llamarse mis desvanecimientos —cuando estaba consciente pero no era yo misma—, me apetecían alimentos que casi siempre engordaban.
| 1 | Equity es como se conoce a la Asociación de Equidad de Actores, un sindicato estadounidense que representa a quienes trabajan en representaciones teatrales en vivo. Visita el sitio web actorsequity.org. ↩ |
| 2 | El casting couch, traducido como diván de casting, se refiere a la práctica de exigir favores sexuales a cambio de ascender profesionalmente en la industria del espectáculo. ↩ |
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